El regreso de Alemania y Austria a la cita olímpica confirmó el clima de paz y equilibrio que vivía el mundo en 1928. Aunque ni el Gobierno holandés ni la corona aceptaron con mucho ánimo los Juegos por las elevadas inversiones económicas que requerían, el fervor popular sí arropó cálidamente los Juegos de 1928 en el oasis de paz que eran los Países Bajos, tierras de singular riqueza que no habían intervenido en la Primera Guerra Mundial. Prueba de ello fue que los juegos y sus instalaciones tuvieron que ser pagados a través de suscripciones populares, lo que demostró, aparte del desinterés gubernamental, la sensibilidad deportiva de los holandeses.
Aparece la llama y no hay Villa
Por lo mismo, no se repitió la experiencia de la Villa Olímpica y los participantes se alojaron en cuarteles, barcos, escuelas y demás lugares improvisados. Por primera vez la llama olímpica, encendida en las ruinas de Olimpia en el Peloponeso, llegó a la ceremonia inaugural mediante relevos que cruzaron Grecia, Yugoslavia, Austria, Alemania y Holanda. Así nació uno de los más bellos simbolismos del deporte actual: el mito del fuego olímpico y de su llama luminosa e inquieta.
Por primera vez se consigue ajustar el calendario y reducir la duración. A excepción de las competiciones de fútbol y hockey que se desarrollaron del 17 de mayo al 13 de junio, el grueso de los juegos quedó reducido.
La principal novedad olímpica fue la inclusión del atletismo femenino, pese a la oposición del Comité Olímpico Internacional y la misma Federación Internacional. Sin embargo, la falta de entrenamiento adecuado de algunas atletas hizo que hubiera desfallecimientos en los 800 metros, incluso se registró un deceso. Por esto, las distancias superiores a 400 metros fueron suprimidas hasta 1960. Participaron 290 mujeres.
Las figuras
Los éxitos internacionales estuvieron muy repartidos. El gimnasta suizo Georges Miez, con tres oros, fue el más laureado. Paavo Nurmi sumó un oro más (en 10.000 metros) y dos plateas (en 5.000 y 3.000 obstáculos) para un palmarés total de nueve medallas de oro y tres de plata.
Con diez medallas, el norteamericano Johnny Weissmüller dejó Amsterdam como el gran nombre de la Olimpiada de 1928. Él venció la prueba de los 100 m y del relevo 4x200 m.
En la carrera, Weissmuller quebró récords por 28 veces y fue el principal nadador del periodo. Su marca en los 100 m, obtenida en 1927, sólo fue superada 17 años más tarde.
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