El papa Juan XXIII recibió a los participantes de la cita que vio el nacimiento de la joven estrella del boxeo, el estadounidense Cassius Clay.
Haber sido elegida sede de los Juegos Olímpicos nunca fue tan importante para una ciudad como lo fue para Roma. Y lo fue no solamente por las competiciones o por el creciente interés mundial por el deporte.
Los principales argumentos para que Roma fuese sede de los Juegos tuvieron orígenes históricos. En la Antigüedad los griegos crearon los Juegos y los romanos cuando dominaron Grecia, transformaron la competición en un grotesco circo de barbaries. El emperador Teodosio I, para aliviar su conciencia, terminó con los Juegos en el año 394 de nuestra era.
El momento era especialmente feliz y se presentaba una ocasión extraordinaria. Roma marcó el final de lo que muchos llamaron “olimpismo artesanal”, para dar paso a una moderna concepción del deporte.
El esfuerzo italiano
Los italianos supieron rodear sus primeros Juegos con un aporte técnico espectacular bien organizado y especializado; proveyendo de medios suficientes a su Comité Olímpico Nacional que dispuso de dinero, de buenos organizadores y de la colaboración complementaria de las autoridades civiles que supieron ver las ventajas que los Juegos aportarían.
Los más de 600 mil visitantes, al igual que los romanos, quedaron prendados de la organización y de la pasión con que se vivieron las pruebas.
Pero lo que sin duda contribuyó a propagar la universalidad de los Juegos fue la televisión: por primera vez, las cadenas europeas transmitieron en directo las distintas competiciones. A esta cita olímpica acudieron 5.348 atletas (cifra récord de participación hasta ese momento) que representaron a un total de 83 naciones.
Las 150 pruebas de los 17 deportes oficiales se desarrollaron entre el 25 de agosto y el 11 de septiembre.
La gacela negra y África, en escena
En estos Juegos, las marcas olímpicas se batieron a placer y más de un récord mundial también quedó pulverizado; aunque el más significativo fue sin duda el de salto de longitud. Jesse Owens poseía la mejor marca en esta especialidad desde Berlín 1936 con 8,06 metros. 24 años después, su compatriota Ralph Boston superó ese récord en seis centímetros.
Mientras tanto, África se consagró como el continente del futuro en las distancias largas en atletismo. El hombre que encarnó este despertar fue Abebe Bikila, un soldado etíope, que se impuso en la maratón después de haber recorrido descalzo los 42 kilómetros sobre viejas losas imperiales.
También fue la segunda vez consecutiva que la entonces Unión Soviética iba a liderar el medallero al término de los Juegos. En los 100 metros ganó el alemán Armin Harry famoso por su poder de reacción en las salidas, y por ser el primer ser humano que corrió la distancia en diez segundos, con lo cual se rompió una racha de 32 años.
Una de las figuras de estos Juegos fue la velocista norteamericana Wilma Rudolph, apodada La gacela negra. En su niñez había padecido una parálisis en la pierna izquierda, que la había postrado en la cama durante años. Esta atleta ganó los 100 metros, (igualando el récord del mundo en semifinales), los 200 y con su equipo el relevo 4 x 100. En total, tres medallas de oro.
En la competición de gimnasia femenina, el dominio de las soviéticas fue total. No sólo ganaron la competición por equipos: tanto en el concurso individual como en el de aparatos, sus gimnastas acapararon las tres medallas. Su gimnasta más destacada fue Larrisa Latynina, quien consiguió tres medallas de oro (individual, competencia en el piso y aparatos por equipos).
Nace la leyenda de Cassius Clay
Roma 1960 vio el nacimiento deportivo de una estrella mundial del boxeo: Cassius Clay; quien con 18 años de edad, cordial, simpático y platicador asombró al público cuando se alzó con el título olímpico de los semipesados; y que años más adelante abrazaría el islam, con lo cual cambiaría de nombre, por uno que será recordado gloriosamente en el ámbito pugilístico como uno de los grandes campeones mundiales de todos los tiempos: Mohamed Alí.
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